Admiro a los resistentes, a los que han hecho del verbo
"resistir" carne, sudor, sangre, y han demostrado sin
aspavientos que es posible vivir, pero vivir de pie, incluso en
los peores momentos.
Emigrar de los recintos donde se marchitan las palabras, donde las voces son sarcófagos apegados al silencio, a la risa genuflexa, a las jerarquías del miedo, a las certidumbres perversas.
Lanzarse a las alturas del decoro, a la incertidumbre de los besos, a la humedad del aire, a la palabra que sostiene como músculos la arquitectura de los huesos, que empuja el aire para que viaje la semilla, que escucha las raíces soñando los nidos en la rama del naranjo y el cerezo.
Esta es la cátedra, espacio de encuentro y recreación de la palabra que se escucha, que camina y hace sendero.